HAMBRE, SUDOR Y LÁGRIMAS

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EL PRIMER DÍA DE GIMNASIO: SUDOR

Taquilla gimnasioJuan Antonio entró en el gym. Era su primer día. Aunque la sonriente muchacha que le había terminado de convencer para que se apuntara le había mostrado las instalaciones, tuvo que dar varias vueltas hasta encontrar el vestuario masculino. “Bien empezamos” – se dijo, “ya todo el mundo ha visto al nuevo y habrá pensado que además de gordo soy idiota”. Para su 1.73 m (5’8”) de estatura, sus 103 kg (226 lb) le hacían verse en el espejo como una gran bola de queso – “¡maldita sea, cuántas veces le habían ofendido con esas mismas palabras!”-.

Cuando por fin se hubo cambiado, y tras comprobar que la camiseta extra grande que había llevado no marcaba mucho su figura, dejó sus cosas guardadas en la taquilla y salió del vestuario. “Muy bien, ¿y ahora qué?”. Recordó que el muchacho que le recibió al entrar se había ofrecido a explicarle una serie de ejercicios, así que Juan Antonio se dispuso a buscarle. Lo vio conversando animadamente con un grupo de caballeros que parecían salidos de portadas de revista: músculos marcados, fuertes como toros, rodeados de mancuernas más pesadas que sacos de arroz… No se atrevió a acercarse, haría el ridículo allí. Por fortuna los ojos del monitor le localizaron perdido entre la multitud, y se dirigió hacia Juan Antonio: “¿Listo para comenzar, caballero?”

Carlos, así se llamaba el monitor, le guió hasta la zona de cardio, o lo que es lo mismo, donde están todas esas máquinas de sudar: caminadoras, elípticas, bicicletas, remadoras… ¡hasta una que simula que subes escalones! A Juan Antonio le esperaba un clásico: la caminadora, esa máquina con una cinta que se mueve y que, al principio, quien te ve piensa que anduvieras borracho o que estuvieras ensayando para funambulista de circo. Veinte minutos era el tiempo que tenía que aguantar ahí. “Caminando, con destino al infinito… y más allááá…” – ya estaba divagando otra vez.

Veinte minutos dan para mucho, y Juan Antonio recorrió con la vista hasta donde pudo, sin correr riesgo de perder el equilibrio y abrirse la cabeza cayéndose de la bendita máquina. En las elípticas cercanas (esas máquinas en las que parece que esquías sin nieve) había una señora de unos 50 y tantos algo rellenita, y una mujer alrededor de los 30 que tenía un cuerpo bastante atractivo. “Hmm, eso sí es una motivación para venir al gym”, pensó. Pero la motivación le duró poco; del otro lado había un muchacho de unos veintipocos años corriendo en otra caminadora… según la pantalla de la máquina llevaba 45 minutos corriendo. “Menudo loco, eso no puede ser bueno”, se convencía a sí mismo Juan Antonio. Pero eso no era todo. Un poco más allá, había un señor con el cabello cubierto de canas corriendo como alma que lleva el diablo. “El colmo de la humillación, un abuelete corriendo y yo andando, y ya me cuesta respirar”.

Gym cardio

Los veinte minutos se le hicieron eternos (con lo rápido que pasan viendo la TV). Ahora entendía por qué la gente llevaba auriculares, aunque, pensándolo bien, ni con su música se le haría entretenido ese calvario. “¿O quizá sí? Oh, ¿por qué soy siempre tan indeciso?”

 Afortunadamente Carlos le dijo que eso era “todo por hoy”, por lo que Juan Antonio se dirigió a la ducha: fue lo mejor de todo, incluso a pesar de haber olvidado el jabón. Algunos charlaban animadamente mientras se vestían, pero él no conocía a nadie. “Si viniera al gym con alguien conocido nos motivaríamos mutuamente” – se le ocurrió de repente -, “¿pero con quién?”

Increíblemente, logró reunir fuerzas para ir dos días más esa semana, a pesar de que Juan Antonio estaba convencido de haber descubierto algún nuevo músculo que la ciencia no conocía, porque le dolían sitios insospechables. Su rutina de caminadora no varió. Bueno, en realidad sí, cambió a caminadora-con-dolor.

gimnasio-sufrimiento

PASANDO HAMBRE

Le habían dicho que una parte fundamental en eso de perder peso, que al final era por lo que aguantaba tanto sufrimiento, era comer mejor. ¿Qué implicaba eso? Nada de comida basura – “esa gente no ha probado esas hamburguesas que empiezan por Mac y acaban por King… ¿o ya me he vuelto a liar?” -, reducir las grasas –“con lo que me gusta un buen pollo frito”- y los dulces –“si todo el mundo sabe que una buena muffin o una barrita de chocolate me dan energía para subirme a esa máquina infernal”. Llevaba una semana comiendo forraje como si fuese ganado, y pasando un hambre indecible. ¿Y qué decir de la bebida? Nada de refrescos/sodas ni de alcohol. Adiós a los gintonics, las cervezas con los amigos y su bebida sin alcohol favorita… – “¿quién coño planifica esto? ¿Mi suegra?”-.

Al menos la báscula le daba un respiro: ¡había bajado 1 kg (2.2lb) en una semana! Pero ni siquiera podía celebrarlo con una cerveza… Y a ese ritmo, le quedaban 30 semanas para llegar a su objetivo –“¡¡30 semanas!!“ -. Eso era más de medio año.

La segunda semana, su cuerpo pareció haberse acostumbrado al ejercicio, y ya no le dolía tanto (había un progreso más). Tanto, que Carlos se atrevió el viernes a explicarle algunos ejercicios de fuerza con máquinas. Al día siguiente volvió a dolerle el cuerpo como si le hubieran pegado una paliza. Y seguía pasando mucha hambre. Parecía que el mundo entero conspiraba contra él: por doquier había anuncios de pizzas, patatas fritas, snacks varios, dulces industriales… toda esa mierda tan rica que no podía comer. Las máquinas del trabajo y de la universidad tenían la Cola Loca esa que tanto le refrescaba, cuando comía fuera a su alrededor todos comían cosas ricas y estaban alegres y sonrientes; incluso en casa era el único que seguía dieta. Su fuerza de voluntad empezaba a flaquear. Solo la báscula le animaba a seguir: ¡1.5 kg (3.3lb) menos!

… Y LÁGRIMAS

Vegetales comida sanaUna buena mañana, al ir a desayunar, Juan Antonio se encontró un paquete de deliciosas muffins en la cocina. Incluso podría jurar que le miraban y le decían: “Cómenos, te lo mereces después de tanto esfuerzo”. Llevaba casi tres semanas pasando un hambre atroz, y se dijo: “Tampoco va a pasar nada porque me coma una”. Acabó comiéndose cuatro. Horas después, se sintió culpable. Había fallado. Pero no volvería a suceder.

El fin de semana quedó con un amigo. Tenía antojo de pizza, y acabó cediendo a la tentación. Al día siguiente, Juan Antonio lloró maldiciendo su falta de fuerza de voluntad. No se atrevió a pesarse esa semana.

Las semanas siguientes siguió yendo al gimnasio, pero con menos ánimo. Le resultó imposible mantener la dieta y recuperó viejos hábitos en su cocina. Las sesiones de entrenamiento le aburrían cada vez más, dejó de ir con tanta frecuencia cada semana, hasta que pasados unos meses, se desapuntó finalmente del gym. No le estaba sirviendo de nada, no necesitaba subirse a la báscula para saber que tenía más kilos (libras) encima que cuando empezó.

SI TE CAES, LEVÁNTATE

Pasó el tiempo, y Juan Antonio volvió a reunir el coraje de enfrentarse con el tormento de su peso y su aspecto físico. No era la primera vez, ni la segunda… pero tampoco podía ser la última.

De pronto cruzó su mente la famosa cita de Albert Einstein: “Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”. Eso encendió una luz de esperanza en su interior: ¿y si hubiera otra forma de conseguirlo? Esa misma noche, soñó con una voz misteriosa que le susurraba: “Súmate al Happy Fitness”…

 

¿Te resulta familiar esta historia? ¿Cuál es el principal problema u obstáculo al que te has enfrentado en tu camino a una vida más sana y un cuerpo en mejor forma?

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Sobre los autores

Anais y Jorge

Somos padres y amantes del fitness. También tenemos nuestros caprichos y momentos de debilidad. Combinamos hábitos saludables con trabajo, familia y ocio. Si quieres conocernos un poco mejor, lee nuestra historia.

Nos ha costado mucho llegar hasta donde estamos. En el camino hemos aprendido a distinguir los mitos de las realidades. Si todavía estás en esa lucha, pregúntanos con confianza.

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